Microrrelatos

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Supersticiones

escrito por María del Mar Saldaña

Soy un hombre de manías raras, obsesivas, casi enfermizas. No lo puedo evitar. Me dan así, de repente, sin previo aviso, como al que le da un estornudo o un ataque de tos, y lo mismo que vienen se van. Tengo la sensación de que, si no cumplo con las excentricidades de mi mente, algo malo me va a suceder. Así que, por si acaso, las sigo todas a rajatabla. Por ejemplo, esta mañana me ha dado por no pisar las juntas del pavimento. Iba por la calle tan concentrado saltando las líneas que, de súbito, me he visto rodeado por varias aceras de adoquines, siendo imposible no poner el pie en alguna de sus rayas. Al no manifestarse otra rareza, tras varias horas paralizado, he quebrantado mi propia norma, consciente de que alguna consecuencia me iba a acarrear. Cuando he llegado a casa, estaba calcinada. ¡Lo sabía! ¡Maldita superstición!

Cambio de Género

escrito por María del Mar Saldaña

Aquella mañana desperté siendo un hombre. Sí, sé que puede parecer una ficción dantesca digna de las comedias televisivas, pero la verdad es que pasé de acostarme mujer a amanecer en un cuerpo de hombre, concretamente en el de mi marido. Al parecer, mientras dormíamos, las almas escaparon de nuestros organismos, instalándose por error en el lugar del otro, provocando con ello una gran conmoción matrimonial. «¿Y ahora qué hacemos?» Preguntó con mi voz aprensiva. «¡No lo sé!» Dije con su expresión despreocupada. Tras darle vueltas al asunto, decidimos quedarnos en casa, no podíamos andar por ahí en el cuerpo equivocado, por lo que alegamos estar enfermos para no acudir al trabajo. «Seguro que esta noche los espíritus regresan a su sitio.» Comentó con mi elocuencia. El cambio se produjo de madrugada, tal y como lo habíamos previsto. «¡Cariño, vuelvo a ser yo!» Grité entusiasmada. «Miau, miau…» Me contestó ronroneando.

gatos genero

Indecisión

escrito por María del Mar Saldaña

Anduvo durante un tiempo indeterminado por aquel sendero que, a veces fue derecho y otras sinuoso. En algunos tramos el sol rozaba su piel de forma agradable, en otros encontró tormentas huracanadas que empapaban sus ropas y equipaje, haciendo con ello una carga más pesada. Fue sorteando todos los obstáculos hasta que, sin esperarlo, se halló frente a su primera gran encrucijada, sin saber cuál de los dos caminos elegir para continuar con su viaje. «¿Y si voy por la derecha y me equivoco?» Se preguntaba. «¿Y si, por el contrario, es el de la izquierda el trayecto desafortunado?» Mientras deliberaba bajo la señalización, otros peregrinos se adentraban en uno y otro sin detenerse si quisiera a pensar hacia donde iban. «¡Qué insensatos!» Decidiendo qué rumbo seguir, fueron pasando los años, finalizando allí sus últimos días, quedando su esqueleto apoyado en el poste indicador, sin llegar nunca a su destino.

dos caminos

Salir del Armario

escrito por María del Mar Saldaña

Tengo insomnio, por lo que suelo quedarme hasta altas horas de la madrugada escuchando programas radiofónicos donde la gente llama para contar sus cosas de la vida “normal”. Enfatizo en eso de “normal” porque casi todos los testimonios suelen ser de tipo surrealista o deprimentes. Sin ir más lejos, hace un mes, cuando ya estaba cogiendo el sueño, me desveló la intervención de un hombre apodado “Horacio”. Es habitual entre los entrevistados no aportar datos verdaderos, permaneciendo así en el anonimato. Se oía muy bajito, pero aseguraba que no podía salir del ropero. Al parecer, era el amante de una señora casada con un boxeador, el cual había llegado antes de tiempo, no encontrando otra salida para esconderse que aquel mueble. La llamada se cortó, dejándonos perturbados. Hasta anoche, que volvió a participar para tranquilizar a la audiencia. Alegó estar sano y salvo. Esperando algún día poder salir del armario.

armario

Al otro lado

escrito por María del Mar Saldaña

Fue de un día para otro cuando dejó de escuchar los habituales golpes y ruidos del piso de al lado, esos que tanto le molestaban al principio y a los que terminó acostumbrándose después. Aquel mutismo repentino, lejos de aliviarla, la inquietó. ¿Qué le habría pasado a la vecina? ¿Se habría mudado? ¿Estaría de viaje? ¿O yacía en algún lugar de la vivienda a causa de un inesperado achaque de salud? Nunca había sido cotilla, pero pasadas dos semanas silenciosas, su preocupación fue en aumento. Entonces se le ocurrió hacer un agujero en la pared del salón, uno pequeño, donde el ojo pudiera invadir sin problema el interior de la casa contigua. Lo hizo con sigilo, con un pequeño punzón y mucha paciencia, hasta que un día, mes y medio después, traspasó el ladrillo. No se lo podía creer. Entró en cólera. Observando el otro lado, descubriendo su propia alcoba.

agujero pared

Cuestión de Tiempo

escrito por María del Mar Saldaña

Desfalleciendo las manecillas del reloj, acallando en un sobrecogedor silencio el tic-tac del segundero, el tiempo se paró y la vida se detuvo. Fue entonces cuando pudo observar, desde su ventana, un mundo estático. Los pájaros inmóviles en pleno vuelo. El amanecer perpetuo asomando en el horizonte. Los vehículos y los peatones paralizados en la avenida. Ningún ruido.

Quiso salir de casa. La puerta no abría. Al parecer, tanto los vivos como los inertes, habían quedado petrificados.

Estremecida, encendió el televisor, encontrándose las imágenes congeladas en cada canal. Probó igualmente con la radio, pero ni una palabra, ni una melodía, transmitían sus ondas.

Durante algún tiempo, inexacto, caviló la posibilidad de que aquello había sido provocado por alguna fuerza espiritual, divina o maligna, con algún fin, al cual no supo ofrecer una argumentación plausible.

Entre tanto, desanimada, cambió la pila al Rolex. Las agujas volvieron a girar. El mundo, también.

Cuestión de Tiempo

Dobleces

escrito por María del Mar Saldaña

Dicen que todos tenemos un doble, un ser humano calcado a nuestra imagen y semejanza que se pasea por el mundo con otro nombre y otros apellidos, con otra familia, con otro trabajo, con otra situación social… Esta quimera suele ser efímera, pasa por nuestra existencia como algo ilusorio, como una leyenda urbana. Hasta que se presenta la insólita realidad. Hace unas semanas me topé con mi doble en la consulta del urólogo. Resultó una situación compleja pues, aunque parecíamos gemelos, nuestras vidas eran completamente opuestas. Yo, el clásico jubilado con familia; él, el típico viejoven soltero. En un momento de enajenación, sin saber cómo, decidimos intercambiarnos nuestras vidas. ¿Y si el destino se había equivocado? ¿Y si nos las había invertido sin querer? El caso, es que me encanta su vida solitaria y despreocupada, pero a él la mía no. Me la ha intentado cambiar, pero no admito devolución.

dobleces

Remordimientos

escrito por María del Mar Saldaña

Cuando algo me preocupa mucho, tartamudeo. Es algo que no puedo evitar, una manía que tengo desde siempre. Lo malo es que mi esposa lo sabe y, tras unas horas de balbuceos, no ha podido resistirse, preguntándome qué es lo que tanto me inquieta. Por no preocuparla, me he inventado una excusa tonta. El caso es que le he comprado un coche a mi hijo por su dieciocho cumpleaños. Uno nuevo, nada de segunda mano. ¿Qué chaval no ha soñado con tener un cuatro ruedas nada más cumplir la mayoría de edad? Cuando le he entregado su regalo, lejos de alegrarse, me ha regañado por haberle obsequiado con un vehículo contaminante, altamente peligroso para un adolescente que aún no tiene el carnet de conducir, habiéndole impedido la satisfacción de ganárselo con su trabajo y esfuerzo. Ahora la conciencia me tortura. No paro de preguntarme si habré sido un buen padre.

coche nuevo

Convivencia

escrito por María del Mar Saldaña

El cartero llamó a mi puerta asegurando que traía un paquete para mí.

—¿Es usted fulanito de tal? —preguntó.

—Sí, sí —dije asombrado—. Pero no he pedido nada.

—¡Firme aquí!

Y acto seguido me entregó un enorme bulto con forma humana envuelto en papel marrón y cinta adhesiva. Dudé durante varias horas si abrirlo o no, ya que la figura era sospechosa y, para que negarlo, me producía algo de terror.

Finalmente, la curiosidad pudo más, descubriendo al desenvolverlo un maniquí femenino. Me dio pena que estuviera desnuda, así que la vestí con algunas ropas que aún conservaba de mi difunta consorte y la coloqué en el sofá, frente a la televisión. La verdad es que se dan un aire. Desde entonces nos hacemos compañía. Yo le cuento mis cosas y ella me escucha con atención, sin juzgarme ni contradecirme. Igual que mi esposa. Creo que es su reencarnación.

maniquí

Escatología Positiva

escrito por María del Mar Saldaña

Esta mañana, nada más salir a la calle, me ha cagado una paloma en una de las mangas de mi cazadora. Lo primero que me ha venido a la mente ha sido «¡va a ser mi día de suerte!».

Unos diez pasos más adelante, mientras me limpiaba el excremento a la vez que caminaba, he pisado una caca de perro, «¡mierda!» he pensado, y no he podido evitar venirme arriba: «¡esa suerte tiene que ser tremenda!». La boñiga estaba un poco seca, así que no me ha costado mucho dejar el zapato como una patena.

Antes de entrar a trabajar he comprado un cupón de la ONCE, dos décimos de Lotería de Navidad, una Bonoloto y dos líneas de la Primitiva. He llegado tarde a la oficina, y mi jefe se ha puesto en plan plasta. Con todas las cagadas que llevo hoy, seguro que algún boleto me toca, ¿no?

Escatología Positiva

Justicia

escrito por María del Mar Saldaña

Las ratas recorrían la sala de aquí para allá. Con total libertad. Como si aquel lugar fuera de su propiedad. ¡Eran cientos, miles, millones! Salían de los conductos de ventilación, entraban por las rendijas de las puertas y algunos agujeros mal tapados en las paredes. Los periodistas se subían a las sillas. Los testigos gritaban despavoridos. El fiscal se encaramaba a una de las lámparas que caían sobre su mesa. El abogado defensor quedaba a cuatro patas encima del escritorio. Los papeles volaban. El público corría enloquecido. El juez acuñaba su mazo: «¡orden en la sala!». Los policías se afanaban en mantener las puertas cerradas. Tras unos momentos de confusión, las ratas comenzaron a marcharse. «¿Y el acusado?» Alertó uno de los presentes señalando el sitio vacío del convicto. Curiosos se acercaron hacia la silla del vil asesino, bajo ella, un montón de huesos evidenciaba el festín de los roedores.

justicia

Ingratitud

escrito por María del Mar Saldaña

Los medios de comunicación ya no son lo que eran. Lejos de informar con rigor, se han convertido en el vertedero sensacionalista de políticos y noticias absurdas. Esta mañana leía el periódico del día –quiero dejarlo, pero la rutina me puede-, sorprendiéndome en su página catorce con el titular: «Un hombre demandará a sus padres por haberle tenido “sin su consentimiento”». No he podido evitar leer todo el artículo, donde el susodicho explicaba que «la existencia es una pesada carga que ningún ser humano debería tener». Ha sido en esa frase cuando he comenzado a sentir el peso de la vida sobre los hombros: la hipoteca, el trabajo, la familia, las relaciones tóxicas…  De haber podido, yo también hubiera demandado a mis padres por el mismo motivo. Cuando he llegado al final, un escalofrío ha recorrido mi cuerpo, no me lo podía creer… ¡El entrevistado era mi hijo! ¡Qué desagradecido!

noticias

Crónica de la Adicción

escrito por María del Mar Saldaña

Dejar de fumar, lejos de ser un acto beneficioso, es un castigo encubierto de buena fe. Uno renuncia a su humeante placer convenciéndose de que es malo para la salud y animándose con aquello de la fuerza de voluntad. En los primeros días, el exfumador se esfuerza por cumplir su objetivo, recupera el olfato y el gusto, y consigue obviar la ansiedad que el cuerpo y la mente generan por defecto. Pronto pasa la etapa motivadora y el mono hace mella en su tesón. Es entonces cuando, sin saber cómo, el azúcar y los hidratos de carbono se convierten en los mejores aliados, ayudándole a llevar a cabo su propósito. ¡Por fin renuncia al tabaco! Eso sí, en unas semanas habrá engordado entre ocho y quince kilos, adquiriendo una nueva adicción. ¡Vuelta al proceso de desintoxicación! Quizás sea hora de volver al cigarrillo para dejar de comer de forma compulsiva.

Crónica de la Adicción

Frente a frente

escrito por Juan Manuel Orberá Hernández

Martín le hizo una mueca y el otro le respondió de igual manera. Estaba harto de lo miserable que se comportaba con toda la gente cercana a él. 

Era una mala persona y quería tenerlo a la cara para decirle todo lo que pensaba.

Comenzó a insultarlo como nunca había hecho con nadie, en el fondo lo odiaba con toda su alma. 

—Eres un sucio asqueroso, traidor, malnacido, hijo de puta…

Sus ojos ardían, las manos le temblaban y la saliva quedaba colgando de su labios a cada palabra que salía de su boca.

De nada habían servido los loqueros que visitó, ni la medicación que le suministraron. El ser que tenía delante era deleznable, de la peor calaña posible. Le daba vergüenza mirarlo a la cara y más cuando este, lejos de tener un sentimiento de culpa o sentir bochorno por sus actos, lo único que hacía era imitar todos sus gestos como un estúpido mono del circo.

 Harto de tanta burla, le propinó un puñetazo en la cara estallándola en mil pedazos. Martín se agarró el puño ensangrentado y pudo ver, entre el vidrio quebrado del espejo, el verdadero monstruo que llevaba dentro.

frente a frente

Utopía

escrito por María del Mar Saldaña

Anoche tuve un sueño bastante inquietante. Comenzaba con mi rutina nocturna. Me veía colocándome el pijama, limpiando la dentadura y echando la última meada del día. Una vez acostado, mientras me introducía en la fase REM, advertí una presencia extraña. Abrí los ojos. Una cucaracha se había colado por la ventana, pero no una cualquiera, no, una gigante.

—¿Qué quieres? —le pregunté.

—¡Comer! —me dijo tan campante.

Así que la llevé a la cocina y le freí un par de huevos fritos y una tripa de chorizo. Se presentó como Gregorio Samsa. «Tengo que dejar de releer La Metamorfosis.» Pensé. Mientras comía me contó algún que otro devenir acontecido en las alcantarillas. Para un viejo solitario como yo, estas visitas te dan la vida.

Esta mañana he abierto el frigorífico, estaba casi vacío, faltaban dos huevos y el chorizo. Ahora estoy confundido. ¿Debería salir a comprar? ¿Le gustará la morcilla?

metamorfosis

Traumas

escrito por María del Mar Saldaña

Aquellos gritos comenzaban a afectarle seriamente. Había soportado la misma impertinencia una y otra vez desde el mismo momento que irrumpió en la cafetería. Quiso disimular haciendo como que no le molestaba, sobreactuando con amabilidad al dirigirse al camarero y demás clientes, pero el insulto no cesaba y su paciencia colmaba el límite.

—¡Mendrugo! ¡Mendrugo!

Sospechaba que lo habían reconocido. Quizás entre aquella gente se escondía alguno de sus antiguos compañeros. Quizás lo había visto cruzar la acera. Quizás había intuido que entraría al café. Quizás aquello formaba parte de un macabro plan para desquiciarlo, como en la adolescencia, cuando le llamaban…

—¡Mendrugo! ¡Mendrugo! —repetía aquel animal insensato.

—¡Ya está bien! —vociferó—. ¿Es que nadie piensa callar a ese pajarraco?

Los clientes lo observaban, descompuesto, enloquecido.

—Disculpe, señor —se excusó el camarero—. Ahora mismo lo arreglamos.

Y acercándole un trozo de pan duro, el loro, cerró el pico.

mendrugo de pan

Aspirar. Expirar.

escrito por María del Mar Saldaña

A veces, la realidad supera a la ficción. Sin ir más lejos, el otro día, me ocurrió algo sumamente surrealista. Estaba barriendo el pasillo cuando de pronto sonó el timbre. A hurtadillas observé por la mirilla.

—¿Quién es? —susurró mi marido de súbito a mi lado.

—Un vendedor. Vamos a hacer como que no estamos.

No había terminado la frase, cuando abrió la puerta. Como siempre, tenía que llevarme la contraria.

Tras ofrecerle un café con pastas, tentempié que preparé y serví, e intimar con el extraño, mi consorte prestó toda su atención al producto estrella: la Succión2000, la aspiradora más potente del mercado.

—¡Comprada! —Le estrechó la mano sin consultarme. —¡Cariño, vamos a probarla!

Desde entonces, nadie ha vuelto a saber del vendedor, tampoco de mi marido. Yo, por si acaso, he guardado el electrodoméstico en el armario. No vaya a ser que alguno de los dos se escape.

aspiradora

La escalera

escrito por Juan Manuel Orberá Hernández

León piensa que ya ha bebido lo suficiente como para atreverse a subir la escalera del piso superior.
Antes de empezar suspira, sabe lo que viene a continuación. 

Comienza la ascensión, poco a poco. Suenan siseos ininteligibles. Un hormigueo atraviesa su nuca hasta perderse por la raíz de su cabello. Se para. Traga saliva y sigue. No quiere mirar. Los ruidos cesan. Tiene la sensación de ser observado. Un aire frío cruza sus pies, como si quisiera apresarlos. Los mueve con desazón. Quiere girarse y mirar, pero tiene miedo. Aunque sabe que es una tonteria. Y, sin pensarlo, lo hace.

Sólo hay oscuridad. Una densa oscuridad,  casi palpable, donde se ocultan todos los demonios que arrastra en su vida. Donde sus secretos más turbios esperan para ser desvelados. 

León tiembla y comienza a llorar. Piensa que no ha bebido bastante alcohol, ha sido un cobarde por mirar hacia atrás. Grita con rabia a la oscuridad buscando liberarse de las cadenas que lo condenan al horror de sus recuerdos, pero no lo consigue. 

Decide seguir subiendo la escalera. 

Algo le agarra de la muñeca y lo detiene. Una voz deforme, le susurra todos sus pecados al oído. El corazón de León  se paraliza y su garganta se quiebra. Varias manos más se suman a la primera y lo arrastran hacia la oscuridad…

foto la escalera

Efecto Nocebo

escrito por María del Mar Saldaña

Aún saboreaba el éxito que había obtenido su conferencia, cuando el coche se detuvo con delicadeza, como una muerte dulce y lenta, sin dolor y sin previo aviso, falleciendo en el arcén de una desierta carretera comarcal. Cogió el teléfono para llamar a la grúa, pero la ausencia de cobertura no se lo permitió. Agarró el portátil y la maleta, y anduvo perdido durante treinta minutos hasta encontrar un motel. Todo le pareció tétrico y mugroso, desde el recepcionista hasta la habitación. No quería pasar la noche a la intemperie, así que hizo de tripas corazón. Buscó entre sus pertenencias las pastillas para el dolor de cabeza, dónde las habría metido, recordando haber visto una máquina expendedora de medicamentos a la entrada. Adquirió una caja de analgésicos y se recostó vestido sobre la roñosa colcha. A la mañana siguiente despertó hablando un idioma desconocido. Aterrado leyó en el prospecto: “Parahablarmongol”.

Efecto Nocebo

Vida Perra

escrito por María del Mar Saldaña

El hecho de poder cobrar vida tras la muerte es un deseo ansiado por todos los seres vivos, lo súbito es hacerlo en otro organismo. ¡Guau! La reencarnación es un trance complejo. Uno se acostumbra durante años a llevar su alma en unas hechuras concretas, se hace a las medidas, la densidad y el funcionamiento de su carcasa y, aunque sabes que algún día dejarás ese esqueleto, siempre tienes la esperanza de que el próximo sea igual o, al menos, parecido. ¡Guau! Es difícil despertar en el cuerpo equivocado, habituarse a él y a sus necesidades requiere de tiempo y esfuerzo, y ya vienes acomodado del anterior, lo cual es un fastidio, porque comienzas a disfrutarlo cuando te encuentras en la mitad de su existencia. Mi último armazón era animal, de conducta sencilla, lo echo de menos. Ahora todo se complica: la mente, las emociones… ¡No quiero ser un hombre!

Vida Perra

Casualidades

escrito por María del Mar Saldaña

Marcaban las tres y media de la tarde, cuando un molesto sonido lo despertó de la siesta. Era el teléfono sonando de forma insistente. Aún en el duermevela pensó en no contestar, seguro que al otro lado de la línea encontraría a algún teleoperador de ventas. Aunque… ¿Y si era del hospital? El médico le había confirmado esa misma mañana que había que extirpar la vesícula cuanto antes.

Pegó un respingo del sofá y se dirigió con rapidez a descolgar el auricular.

—¿Diga?

—¡Buenas tardes! Al habla María del Carmen Benedicta Sagunto de todos los Santos. ¿Podría hablar con el señor de la casa?

«¡Joder! ¿Cómo he podido caer?»

—Sí, soy yo —contestó resignado.

—Llamo de Chollo Telefonía para proponerle una oferta imposible de rechazar…

«¡Mierda! ¿Cuelgo?»

— …estamos comercializando la promoción Chollo Visceral: fibra, cien gigas y de regalo una vesícula biliar.

¡Por fin una buena operación!

—¡Suscríbame, por favor!

operadora

Reparaciones

escrito por María del Mar Saldaña

Nunca había prestado atención a las banalidades de la vida doméstica, hasta que se le antojó sospechoso que su esposa, acostumbrada a reemplazar los electrodomésticos dañados, no quisiera adquirir una nueva lavadora y fuera siempre el mismo técnico el que apareciera para arreglarla. El reparador era joven y, obviamente, hacendoso en el manejo de los aparatos. El suyo hacía tiempo que se había deteriorado. Cuanto más lo pensaba, más se convencía del engaño. Así que aquella tarde se quedó en casa, dispuesto a espiarlos, evidenciando sus sospechas. ¡Qué obscenidades! Que si te meto este tubo por aquí, que si trasteo este agujero por allá, que si este centrifugado tiene mucha potencia… ¡Estaba encolerizado! Quería cargarse a los dos de un plumazo. Y tenía un plan. Lo efectuaría esa noche. Se levantaría cuando su mujer durmiera. Cogería el destornillador y… Al día siguiente irían de compras a la tienda de electrodomésticos.

reparaciones

Antropofagia

escrito por María del Mar Saldaña

Esta mañana, mientras me hacía las uñas en uno de esos salones low cost regentados por asiáticos, la clienta que tenía al lado, la cual se estaba haciendo una francesa, le preguntó a la esteticista que si los chinos comían carne humana. A lo que la chica contestó: «yo no sabel nada». Entonces le contó, algo molesta, que en su barrio habían abierto recientemente una carnicería caníbal. Al parecer, sus dueños eran orientales y los consumidores que acudían bastante extraños. Además, por lo que había podido observar, las formas de los paquetes que salían del establecimiento se asemejaban a partes del cuerpo como piernas, brazos, cabezas… La curiosidad por saber si aquello era cierto o no, me ha traído esta tarde hasta la tienda de carne. Para disimular, he pedido un brazo, a ver qué pasaba, y el tendero me ha ofrecido uno femenino, con la manicura francesa recién hecha.

manicura

Pecado Acentual

escrito por María del Mar Saldaña

Sí, he pecado. Y más de una vez. No me avergüenza admitirlo. Soy de la vieja escuela. Me es imposible respetar las normas marcadas y, aunque suelo faltar a su adecuado cumplimiento, he de confesar que actúo a escondidas, fuera de miradas ajenas. Sinceramente, no quiero hacerlo, pero es la RAE la que me aboca hacia la ignorancia, pues desde que terminé los estudios, hace ya sobrados años, han modificado la ortografía a diestro y siniestro, volviéndome loco con las reglas generales de acentuación. Cada vez que tengo un rato libre, me desahogo escribiendo textos donde yerro a caso hecho en monosílabos como «pié» o palabras como «truhán». Para un escritor de éxito como yo, esto es considerado supremo pecado capital. Me siento como un católico al que rectifican cada dos por tres los diez mandamientos. Aunque yo ya he perdido la fe en los miembros de la Real Academia.

escritura acentual

Incertidumbre

escrito por María del Mar Saldaña

Ante la peculiaridad del número central, la carpa del circo se llenó de un público expectante de emociones. Los presentes ansiaban sorprenderse observando a la mujer más fuerte del mundo levantar un camión; turbarse con el extraño aspecto del niño rana, cubierto por membranas y una dermis verdosa; o sobresaltarse con las acrobacias de las siamesas trapecistas, que desafiaban la ley de la gravedad saltando de un columpio a otro sin partirse por la mitad. Aunque lo que todos esperaban con más afán, era sentir miedo ante el gran y feroz león, proveniente de la sabana africana, domador de humanos. Sin embargo, resultó un fiasco. El amaestrado cumplía todas las órdenes de la fiera sin causar conmoción. Preocupado por los abucheos y su posible despido, en un intento por destacar, el león insertó la cabeza en la boca del hombre. ¡Zas! Los espectadores enmudecieron. Sobreviniendo algo inaudito, difícil de imaginar.

leon circo

Muerte Anunciada

escrito por María del Mar Saldaña

Hace unos meses, el rotativo donde trabajo desde que terminé la carrera de periodismo, efectuó una reestructuración interna de todo su personal. En consecuencia, la cronista de sucesos se hizo cargo de la sección de cocina; el redactor que cubría los deportes pasó a pronosticar el horóscopo; y la recepcionista abordó las noticias internacionales. En mi caso, que desde hacía más de veinte años firmaba la columna diaria, fui degradado al apartado de necrológicas, consistente en transcribir el nombre del extinto, la fecha de defunción y la hora y lugar del sepelio. Aquello resultó tan aburrido que, entre un cadáver y otro, comencé, por distracción, a inventar (a escondidas) textos mortuorios para los colegas del periódico. Sin pretenderlo, mi macabro pasatiempo ha resultado premonitorio. Tras la muerte del director hace dos días, le ha seguido la del nuevo columnista. ¡Qué tragedia! Después de redactar sus esquelas, escribí la mía propia.

la muerte te señala

El Estafador

escrito por María del Mar Saldaña

Al abrir el buzón observó el folio doblado, impoluto, perfectamente acomodado en el habitáculo, como si alguien lo hubiera dejado allí con sumo cuidado. Una vez desdobló el papel, leyó las palabras que le anunciaban un destino funesto y surrealista: «Tengo a su esposa, si quiere volver a verla, entrégueme al gato». Más abajo se detallaban las instrucciones que debía seguir para el rescate. Dudó unos minutos, sopesando todas las opciones, hasta que, en su desesperación, corrió hacia el callejón a atrapar un gato cualquiera que le hiciera cumplir con las expectativas del secuestrador.

Llegó al lugar señalado a la hora acordada. Estornudó. Mientras esperaba, no pudo evitar un cierto nerviosismo. Volvió a estornudar. ¿Y si el delincuente descubría que aquel animal no era suyo? Toda su vida había sido alérgico a los gatos. O peor aún… ¿Y si aquella mujer se percataba de que él no era su marido?

gato y mujer

Tres son Multitud

escrito por María del Mar Saldaña

He descubierto que yo no soy yo. O sea, que tengo dos yoes. Mi yo consciente y mi yo inconsciente. Que es lo mismo que decir mi yo bueno y mi yo malo. Desde que descubrí esta dualidad, soy testigo de las perpetuas discusiones de la mente, ya que mi yo perverso está todo el día recalcando todas mis imperfecciones mientras mi yo benévolo contraataca convenciéndome de lo estupendo y maravilloso que soy. Me gusta contemplar estas cuestiones desde la lejanía del observador. Disimulo y hago como que estoy ocupado fregando los platos o tendiendo una lavadora, para que no se percaten de que estoy ahí, curioseando lo que el uno al otro se dicen. Nunca se ponen de acuerdo. Hasta hoy, que me han pillado escondido tras el hipocampo y me han echado como a un pariente indeseado. ¡Qué desolación! Soy el tercer yo, desterrado de mi propia psique.

tres son multitud

Exhibicionista

escrito por María del Mar Saldaña

Fue sobre las siete de la mañana cuando, con parsimonia, el chucho comenzó a cruzar el paso de peatones deteniéndose en la mitad, tumbándose sobre sus patas, ocupando parte del carril izquierdo y parte del carril derecho. Ante este suceso los conductores frenaban sus vehículos, ninguno quería atropellar al can, y los peatones se detenían curiosos, intentando entre unos y otros convencer al animal para que se moviera, sin que nadie lo lograra.

―Mi perro cree que he muerto, no reconoce mi olor ―habló un extraño individuo entre la multitud―. Hace varios meses caí atropellado en este mismo lugar, tuve tantas lesiones que fue necesario trasplantarme varios miembros de otras personas, cadáveres, evidentemente. Aquí permanece el último rastro que tiene de mí, de ahí que se recueste esperando encontrarse conmigo.

Todos los presentes quedaron desconcertados.

―Solo existe una forma de llevármelo ―aseguró desabrochando su gabardina―. Aún conservo un órgano vital.

perro en paso de peatones

Finales Felices

escrito por María del Mar Saldaña

Esta mañana decidí poner el punto y final a la novela que llevo seis meses escribiendo. Reconozco que ha sido un poco precipitado, siendo la causa de este arrebato la trama, que se complicó demasiado y enredó la historia. En fin, que para que no se me fuera a más de trescientas páginas, resolví la tragedia en los últimos dos capítulos. El caso es que, al poner el punto que daba por consumada la obra, el personaje principal, con todo el descaro del mundo, se ha atrevido a colarse en mi procesador de textos para transcribir que no estaba de acuerdo en cómo había terminado la narración.

―¡¿Pero si es un final feliz?! ―le he apuntado contrariado.

Contestándome, el muy insolente, que los buenos escritores concluyen sus novelas con finales interesantes, no felices.

Así que me lo he cargado. En la ficción, claro. Desde entonces, no ha vuelto a escribirme.

escritora finales felices

La Espía

escrito por María del Mar Saldaña

Desde hacía varias semanas, a causa del hastío producido por el obligado confinamiento, se dedicaba a observar a la vecina de en frente con los prismáticos de caza de su marido. Al principio, su voyerismo se había concentrado en varias viviendas, personas cotidianas que la aburrían soberanamente, hasta que dio con ella, la vecina del cuarto izquierda. Se pasaba gran parte del día en la cocina, preparando suculentos platos gourmet. Su intención inicial era solo formativa, escribía lo que contemplaba para después practicarlo en sus fogones. Pero, poco a poco, su obsesión fue in crescendo, convirtiéndose en una espía culinaria implacable pues, desde que cocinaba aquellas recetas, su relación matrimonial había dado un giro de pasión incontrolada.

Una tarde, dos agentes llamaron a su puerta acusándola de espionaje. El flojo de su esposo la había delatado. Así que, en venganza por la traición, los invitó a pastel de cordero confitado.

la espia

Sálvese quien pueda

escrito por Juan Manuel Orberá
La noche arrancaba estrellada y una gran luna se difuminaba en el agua. El barco empezaba a hacer aguas y el hundimiento era inevitable.
El ruido era ensordecedor, la cubierta chirriaba, los pasajeros gritaban despavoridos mientras iban de un lado para otro. Los músicos seguían tocando.  
El capitán ordenó el desalojo de la nave. El suboficial le respondió gritando desde babor:
—¿Cómo? ¡No lo entiendo, capitán!
El capitán volvió a repetir la orden, con más fuerza.
—¡No le oigo, capitán! ¡Su bote salvavidas está demasiado lejos del barco! —vociferó, su subordinado.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, el capitán repitió:
—¡Las mujeres y los niños primero!
naufragio

Libertad de Expresión

escrito por María del Mar Saldaña

Hay dos épocas en la vida del ser humano donde uno puede decir lo que le venga en gana sin que los demás le tomen por loco: la infancia y la vejez.

Recuerdo que, de niño, cuando tenía ocho o nueve años, contaba a los chicos del parque que era un alienígena y, como si de un scalextric se tratara, todos se pegaban a mí para jugar.

En la adolescencia, quise hacer lo mismo con los jóvenes que se juntaban en la plazuela, pero me tomaron por un chiflado.

Más tarde, en la madurez, tuve que morderme la lengua y obviar este dato para que no pensaran que era un friqui de la ufología.

Es ahora, en la vejez, cuando estoy disfrutando de mi libertad de expresión. Puedo gritar a los cuatro vientos que soy un extraterrestre, mientras mi piel verdosa se eriza desenfrenadamente, sin que me miren con desaprobación.

libertad de expresión

Nictofobia

escrito por Juan Manuel Orberá

Despierta sumido en la más absoluta oscuridad. Es una negrura sucia y pegajosa. Abre los ojos tanto como puede. Nada.

Se levanta de la cama braceando en busca de algún punto de apoyo. No encuentra ninguno. No sabe dónde está y, sobre todo, por qué no hay luz.

Odia la oscuridad. No la soporta. La teme. Le angustia imaginar qué hay tras ella.

—¡La luz! ¡Que alguien encienda la luz!

Suena una voz amorfa y lejana detrás de él. Una corriente de aire helado pasa cerca y estremece su piel.

Escucha un fuerte ruido a sus espaldas y giro sobre sí mismo, aterrado.

—¡Cariño, tranquilo!

—Elena ¿Qué está pasando?

—Carlos, ¿no recuerdas nada? 

—¡Enciende la luz! Por favor…

Elena se queda mirándolo, atónita, mientras el Sol, que entra por la ventana, ilumina toda la habitación…

nictofobia

Rosas

escrito por María del Mar Saldaña

Fue quizás aquella noche cuando realizó la mejor interpretación de su vida.

Como buena actriz, esperó paciente en su camerino a que llegaran los ramos de flores de sus admiradores. Aunque ella solo esperaba uno. Indudablemente sería el más grande, hermoso y elegante de todos.

―¡Rosas para la señorita Velasco! ―gritó el mozo por quinta vez tras la puerta.

―¡Cógelas! ―ordenó con desdén a su hermana.

El ramo era ostentoso, tal como había imaginado. El dueño de tal magnificencia no era de su agrado, un hombre poco atractivo y algo mayor, pero su fortuna bien merecía el esfuerzo de ser correspondido.

―Lo ves, Pati ―presumió mientras leía la tarjeta―, es del señor Leone. ¡Para… Verónica Velasco con todo mi amor!

Un trabajo formidable el de cambiar sobre la marcha el nombre de Pati por el suyo propio. Fue espectacular, apenas se percibió el nerviosismo y la decepción en su voz.

rosas

Expectativas

escrito por María del Mar Saldaña

No hay nada peor en esta vida que tener expectativas. Se lo digo yo, que sé de lo que hablo.

Ayer mismo visité a mi psicólogo en compañía de mi amigo Rocko, pensando que podría ayudarle con su mal de amores. Nada más lejos de la realidad.

Le expliqué que Rocko había estado cortejando a Yiyi, pero que por su avanzada edad no logró darle lo que ella esperaba y, claro, al final lo dejó plantado por Cuqui, más joven y fornido que él. El caso es que, desde entonces, Rocko vive sumido en una fuerte depresión.

―¡Es indignante! ―dijo a los cinco minutos de comenzar la sesión.

―¡Eso mismo digo yo! ―grité irritado―. Cuqui, ¿qué nombre es ese para un macho?

Y, sin esperarlo, nos echó de la consulta como a dos perros sarnosos.

―No te preocupes, Rocko ―le susurré a mi pastor alemán―. Mañana pediremos cita al psicoanalista.

psicoanalista

Toc, toc, toc…

escrito por María del Mar Saldaña 

Todos palidecieron ante el abrupto sonido. Nunca antes un repiqueteo de nudillos sobre la madera había causado tanto estupor.

―¿Qué hacemos? ―preguntó uno de los asistentes―. ¿Abrimos?

Nadie contestó. Y ante el silencio incómodo, interrumpido de nuevo por la inocente onomatopeya, los presentes comenzaron a dirigir sus miradas hacia el doctor.

Toc, toc, toc…

―¡A mí no me miren! ―dijo molesto―. El infarto fue fulminante.

Tras aquella aseveración, se volvieron hacia el sacerdote.

Toc, toc, toc…

―Yo le di la extremaunción ―comentó algo inquieto.

Una vez confirmado el hecho eclesiástico, todos apuntaron sus pupilas hacia el señor del seguro de decesos.

Toc, toc, toc…

―Yo, de lo único que puedo dar fe ―se expresó algo nervioso mientras indagaba entre sus papeles―, es de que el seguro ha cubierto todos los gastos.

Y ante tales argumentos y evidencias, se decidió por unanimidad, sin más dilación ni distracción, continuar con el sepelio.

sepelio

Pantone

escrito por María del Mar Saldaña  

Doctor, estoy al borde de la locura. Vivo en un sinvivir desde que ayer por la mañana escuchara, sin pretenderlo, en la cafetería de mi barrio, una conversación que ha creado en mí una duda existencial.

Todo ocurrió cuando un cliente comentó a la camarera:

―Hoy tengo un día gris.

Y, por el gesto de su cara, intuí que tenía un día de mierda.

Aquello me dejó desconcertado, aunque lo peor estaba por llegar, la contestación de la chica:

―Pues yo lo tengo rosa.

Y su sonrisa deslumbrante me hizo pensar que su día era maravilloso.

Pero no contenta con aquella manifestación, añadió con sorna y señalando al último cliente de la barra:

―Aquel lo tiene morado.

Y por la forma en la que se mostraba, percibí la borrachera.

¿Doctor, cómo he podido vivir en este equilibrio emocional todos estos años? Sin días grises, ni rosas, ni morados… ¡Maldito daltonismo!

DOCTOR
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