Microrrelatos

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Justicia

escrito por María del Mar Saldaña

Las ratas recorrían la sala de aquí para allá. Con total libertad. Como si aquel lugar fuera de su propiedad. ¡Eran cientos, miles, millones! Salían de los conductos de ventilación, entraban por las rendijas de las puertas y algunos agujeros mal tapados en las paredes. Los periodistas se subían a las sillas. Los testigos gritaban despavoridos. El fiscal se encaramaba a una de las lámparas que caían sobre su mesa. El abogado defensor quedaba a cuatro patas encima del escritorio. Los papeles volaban. El público corría enloquecido. El juez acuñaba su mazo: «¡orden en la sala!». Los policías se afanaban en mantener las puertas cerradas. Tras unos momentos de confusión, las ratas comenzaron a marcharse. «¿Y el acusado?» Alertó uno de los presentes señalando el sitio vacío del convicto. Curiosos se acercaron hacia la silla del vil asesino, bajo ella, un montón de huesos evidenciaba el festín de los roedores.

justicia

Ingratitud

escrito por María del Mar Saldaña

Los medios de comunicación ya no son lo que eran. Lejos de informar con rigor, se han convertido en el vertedero sensacionalista de políticos y noticias absurdas. Esta mañana leía el periódico del día –quiero dejarlo, pero la rutina me puede-, sorprendiéndome en su página catorce con el titular: «Un hombre demandará a sus padres por haberle tenido “sin su consentimiento”». No he podido evitar leer todo el artículo, donde el susodicho explicaba que «la existencia es una pesada carga que ningún ser humano debería tener». Ha sido en esa frase cuando he comenzado a sentir el peso de la vida sobre los hombros: la hipoteca, el trabajo, la familia, las relaciones tóxicas…  De haber podido, yo también hubiera demandado a mis padres por el mismo motivo. Cuando he llegado al final, un escalofrío ha recorrido mi cuerpo, no me lo podía creer… ¡El entrevistado era mi hijo! ¡Qué desagradecido!

noticias

Crónica de la Adicción

escrito por María del Mar Saldaña

Dejar de fumar, lejos de ser un acto beneficioso, es un castigo encubierto de buena fe. Uno renuncia a su humeante placer convenciéndose de que es malo para la salud y animándose con aquello de la fuerza de voluntad. En los primeros días, el exfumador se esfuerza por cumplir su objetivo, recupera el olfato y el gusto, y consigue obviar la ansiedad que el cuerpo y la mente generan por defecto. Pronto pasa la etapa motivadora y el mono hace mella en su tesón. Es entonces cuando, sin saber cómo, el azúcar y los hidratos de carbono se convierten en los mejores aliados, ayudándole a llevar a cabo su propósito. ¡Por fin renuncia al tabaco! Eso sí, en unas semanas habrá engordado entre ocho y quince kilos, adquiriendo una nueva adicción. ¡Vuelta al proceso de desintoxicación! Quizás sea hora de volver al cigarrillo para dejar de comer de forma compulsiva.

Crónica de la Adicción

Frente a frente

escrito por Juan Manuel Orberá Hernández

Martín le hizo una mueca y el otro le respondió de igual manera. Estaba harto de lo miserable que se comportaba con toda la gente cercana a él. 

Era una mala persona y quería tenerlo a la cara para decirle todo lo que pensaba.

Comenzó a insultarlo como nunca había hecho con nadie, en el fondo lo odiaba con toda su alma. 

—Eres un sucio asqueroso, traidor, malnacido, hijo de puta…

Sus ojos ardían, las manos le temblaban y la saliva quedaba colgando de su labios a cada palabra que salía de su boca.

De nada habían servido los loqueros que visitó, ni la medicación que le suministraron. El ser que tenía delante era deleznable, de la peor calaña posible. Le daba vergüenza mirarlo a la cara y más cuando este, lejos de tener un sentimiento de culpa o sentir bochorno por sus actos, lo único que hacía era imitar todos sus gestos como un estúpido mono del circo.

 Harto de tanta burla, le propinó un puñetazo en la cara estallándola en mil pedazos. Martín se agarró el puño ensangrentado y pudo ver, entre el vidrio quebrado del espejo, el verdadero monstruo que llevaba dentro.

frente a frente

Utopía

escrito por María del Mar Saldaña

Anoche tuve un sueño bastante inquietante. Comenzaba con mi rutina nocturna. Me veía colocándome el pijama, limpiando la dentadura y echando la última meada del día. Una vez acostado, mientras me introducía en la fase REM, advertí una presencia extraña. Abrí los ojos. Una cucaracha se había colado por la ventana, pero no una cualquiera, no, una gigante.

—¿Qué quieres? —le pregunté.

—¡Comer! —me dijo tan campante.

Así que la llevé a la cocina y le freí un par de huevos fritos y una tripa de chorizo. Se presentó como Gregorio Samsa. «Tengo que dejar de releer La Metamorfosis.» Pensé. Mientras comía me contó algún que otro devenir acontecido en las alcantarillas. Para un viejo solitario como yo, estas visitas te dan la vida.

Esta mañana he abierto el frigorífico, estaba casi vacío, faltaban dos huevos y el chorizo. Ahora estoy confundido. ¿Debería salir a comprar? ¿Le gustará la morcilla?

metamorfosis

Traumas

escrito por María del Mar Saldaña

Aquellos gritos comenzaban a afectarle seriamente. Había soportado la misma impertinencia una y otra vez desde el mismo momento que irrumpió en la cafetería. Quiso disimular haciendo como que no le molestaba, sobreactuando con amabilidad al dirigirse al camarero y demás clientes, pero el insulto no cesaba y su paciencia colmaba el límite.

—¡Mendrugo! ¡Mendrugo!

Sospechaba que lo habían reconocido. Quizás entre aquella gente se escondía alguno de sus antiguos compañeros. Quizás lo había visto cruzar la acera. Quizás había intuido que entraría al café. Quizás aquello formaba parte de un macabro plan para desquiciarlo, como en la adolescencia, cuando le llamaban…

—¡Mendrugo! ¡Mendrugo! —repetía aquel animal insensato.

—¡Ya está bien! —vociferó—. ¿Es que nadie piensa callar a ese pajarraco?

Los clientes lo observaban, descompuesto, enloquecido.

—Disculpe, señor —se excusó el camarero—. Ahora mismo lo arreglamos.

Y acercándole un trozo de pan duro, el loro, cerró el pico.

mendrugo de pan

Aspirar. Expirar.

escrito por María del Mar Saldaña

A veces, la realidad supera a la ficción. Sin ir más lejos, el otro día, me ocurrió algo sumamente surrealista. Estaba barriendo el pasillo cuando de pronto sonó el timbre. A hurtadillas observé por la mirilla.

—¿Quién es? —susurró mi marido de súbito a mi lado.

—Un vendedor. Vamos a hacer como que no estamos.

No había terminado la frase, cuando abrió la puerta. Como siempre, tenía que llevarme la contraria.

Tras ofrecerle un café con pastas, tentempié que preparé y serví, e intimar con el extraño, mi consorte prestó toda su atención al producto estrella: la Succión2000, la aspiradora más potente del mercado.

—¡Comprada! —Le estrechó la mano sin consultarme. —¡Cariño, vamos a probarla!

Desde entonces, nadie ha vuelto a saber del vendedor, tampoco de mi marido. Yo, por si acaso, he guardado el electrodoméstico en el armario. No vaya a ser que alguno de los dos se escape.

aspiradora

La escalera

escrito por Juan Manuel Orberá Hernández

León piensa que ya ha bebido lo suficiente como para atreverse a subir la escalera del piso superior.
Antes de empezar suspira, sabe lo que viene a continuación. 

Comienza la ascensión, poco a poco. Suenan siseos ininteligibles. Un hormigueo atraviesa su nuca hasta perderse por la raíz de su cabello. Se para. Traga saliva y sigue. No quiere mirar. Los ruidos cesan. Tiene la sensación de ser observado. Un aire frío cruza sus pies, como si quisiera apresarlos. Los mueve con desazón. Quiere girarse y mirar, pero tiene miedo. Aunque sabe que es una tonteria. Y, sin pensarlo, lo hace.

Sólo hay oscuridad. Una densa oscuridad,  casi palpable, donde se ocultan todos los demonios que arrastra en su vida. Donde sus secretos más turbios esperan para ser desvelados. 

León tiembla y comienza a llorar. Piensa que no ha bebido bastante alcohol, ha sido un cobarde por mirar hacia atrás. Grita con rabia a la oscuridad buscando liberarse de las cadenas que lo condenan al horror de sus recuerdos, pero no lo consigue. 

Decide seguir subiendo la escalera. 

Algo le agarra de la muñeca y lo detiene. Una voz deforme, le susurra todos sus pecados al oído. El corazón de León  se paraliza y su garganta se quiebra. Varias manos más se suman a la primera y lo arrastran hacia la oscuridad…

foto la escalera

Efecto Nocebo

escrito por María del Mar Saldaña

Aún saboreaba el éxito que había obtenido su conferencia, cuando el coche se detuvo con delicadeza, como una muerte dulce y lenta, sin dolor y sin previo aviso, falleciendo en el arcén de una desierta carretera comarcal. Cogió el teléfono para llamar a la grúa, pero la ausencia de cobertura no se lo permitió. Agarró el portátil y la maleta, y anduvo perdido durante treinta minutos hasta encontrar un motel. Todo le pareció tétrico y mugroso, desde el recepcionista hasta la habitación. No quería pasar la noche a la intemperie, así que hizo de tripas corazón. Buscó entre sus pertenencias las pastillas para el dolor de cabeza, dónde las habría metido, recordando haber visto una máquina expendedora de medicamentos a la entrada. Adquirió una caja de analgésicos y se recostó vestido sobre la roñosa colcha. A la mañana siguiente despertó hablando un idioma desconocido. Aterrado leyó en el prospecto: “Parahablarmongol”.

Efecto Nocebo

Vida Perra

escrito por María del Mar Saldaña

El hecho de poder cobrar vida tras la muerte es un deseo ansiado por todos los seres vivos, lo súbito es hacerlo en otro organismo. ¡Guau! La reencarnación es un trance complejo. Uno se acostumbra durante años a llevar su alma en unas hechuras concretas, se hace a las medidas, la densidad y el funcionamiento de su carcasa y, aunque sabes que algún día dejarás ese esqueleto, siempre tienes la esperanza de que el próximo sea igual o, al menos, parecido. ¡Guau! Es difícil despertar en el cuerpo equivocado, habituarse a él y a sus necesidades requiere de tiempo y esfuerzo, y ya vienes acomodado del anterior, lo cual es un fastidio, porque comienzas a disfrutarlo cuando te encuentras en la mitad de su existencia. Mi último armazón era animal, de conducta sencilla, lo echo de menos. Ahora todo se complica: la mente, las emociones… ¡No quiero ser un hombre!

Vida Perra

Casualidades

escrito por María del Mar Saldaña

Marcaban las tres y media de la tarde, cuando un molesto sonido lo despertó de la siesta. Era el teléfono sonando de forma insistente. Aún en el duermevela pensó en no contestar, seguro que al otro lado de la línea encontraría a algún teleoperador de ventas. Aunque… ¿Y si era del hospital? El médico le había confirmado esa misma mañana que había que extirpar la vesícula cuanto antes.

Pegó un respingo del sofá y se dirigió con rapidez a descolgar el auricular.

—¿Diga?

—¡Buenas tardes! Al habla María del Carmen Benedicta Sagunto de todos los Santos. ¿Podría hablar con el señor de la casa?

«¡Joder! ¿Cómo he podido caer?»

—Sí, soy yo —contestó resignado.

—Llamo de Chollo Telefonía para proponerle una oferta imposible de rechazar…

«¡Mierda! ¿Cuelgo?»

— …estamos comercializando la promoción Chollo Visceral: fibra, cien gigas y de regalo una vesícula biliar.

¡Por fin una buena operación!

—¡Suscríbame, por favor!

operadora

Reparaciones

escrito por María del Mar Saldaña

Nunca había prestado atención a las banalidades de la vida doméstica, hasta que se le antojó sospechoso que su esposa, acostumbrada a reemplazar los electrodomésticos dañados, no quisiera adquirir una nueva lavadora y fuera siempre el mismo técnico el que apareciera para arreglarla. El reparador era joven y, obviamente, hacendoso en el manejo de los aparatos. El suyo hacía tiempo que se había deteriorado. Cuanto más lo pensaba, más se convencía del engaño. Así que aquella tarde se quedó en casa, dispuesto a espiarlos, evidenciando sus sospechas. ¡Qué obscenidades! Que si te meto este tubo por aquí, que si trasteo este agujero por allá, que si este centrifugado tiene mucha potencia… ¡Estaba encolerizado! Quería cargarse a los dos de un plumazo. Y tenía un plan. Lo efectuaría esa noche. Se levantaría cuando su mujer durmiera. Cogería el destornillador y… Al día siguiente irían de compras a la tienda de electrodomésticos.

reparaciones

Antropofagia

escrito por María del Mar Saldaña

Esta mañana, mientras me hacía las uñas en uno de esos salones low cost regentados por asiáticos, la clienta que tenía al lado, la cual se estaba haciendo una francesa, le preguntó a la esteticista que si los chinos comían carne humana. A lo que la chica contestó: «yo no sabel nada». Entonces le contó, algo molesta, que en su barrio habían abierto recientemente una carnicería caníbal. Al parecer, sus dueños eran orientales y los consumidores que acudían bastante extraños. Además, por lo que había podido observar, las formas de los paquetes que salían del establecimiento se asemejaban a partes del cuerpo como piernas, brazos, cabezas… La curiosidad por saber si aquello era cierto o no, me ha traído esta tarde hasta la tienda de carne. Para disimular, he pedido un brazo, a ver qué pasaba, y el tendero me ha ofrecido uno femenino, con la manicura francesa recién hecha.

manicura

Pecado Acentual

escrito por María del Mar Saldaña

Sí, he pecado. Y más de una vez. No me avergüenza admitirlo. Soy de la vieja escuela. Me es imposible respetar las normas marcadas y, aunque suelo faltar a su adecuado cumplimiento, he de confesar que actúo a escondidas, fuera de miradas ajenas. Sinceramente, no quiero hacerlo, pero es la RAE la que me aboca hacia la ignorancia, pues desde que terminé los estudios, hace ya sobrados años, han modificado la ortografía a diestro y siniestro, volviéndome loco con las reglas generales de acentuación. Cada vez que tengo un rato libre, me desahogo escribiendo textos donde yerro a caso hecho en monosílabos como «pié» o palabras como «truhán». Para un escritor de éxito como yo, esto es considerado supremo pecado capital. Me siento como un católico al que rectifican cada dos por tres los diez mandamientos. Aunque yo ya he perdido la fe en los miembros de la Real Academia.

escritura acentual

Incertidumbre

escrito por María del Mar Saldaña

Ante la peculiaridad del número central, la carpa del circo se llenó de un público expectante de emociones. Los presentes ansiaban sorprenderse observando a la mujer más fuerte del mundo levantar un camión; turbarse con el extraño aspecto del niño rana, cubierto por membranas y una dermis verdosa; o sobresaltarse con las acrobacias de las siamesas trapecistas, que desafiaban la ley de la gravedad saltando de un columpio a otro sin partirse por la mitad. Aunque lo que todos esperaban con más afán, era sentir miedo ante el gran y feroz león, proveniente de la sabana africana, domador de humanos. Sin embargo, resultó un fiasco. El amaestrado cumplía todas las órdenes de la fiera sin causar conmoción. Preocupado por los abucheos y su posible despido, en un intento por destacar, el león insertó la cabeza en la boca del hombre. ¡Zas! Los espectadores enmudecieron. Sobreviniendo algo inaudito, difícil de imaginar.

leon circo

Muerte Anunciada

escrito por María del Mar Saldaña

Hace unos meses, el rotativo donde trabajo desde que terminé la carrera de periodismo, efectuó una reestructuración interna de todo su personal. En consecuencia, la cronista de sucesos se hizo cargo de la sección de cocina; el redactor que cubría los deportes pasó a pronosticar el horóscopo; y la recepcionista abordó las noticias internacionales. En mi caso, que desde hacía más de veinte años firmaba la columna diaria, fui degradado al apartado de necrológicas, consistente en transcribir el nombre del extinto, la fecha de defunción y la hora y lugar del sepelio. Aquello resultó tan aburrido que, entre un cadáver y otro, comencé, por distracción, a inventar (a escondidas) textos mortuorios para los colegas del periódico. Sin pretenderlo, mi macabro pasatiempo ha resultado premonitorio. Tras la muerte del director hace dos días, le ha seguido la del nuevo columnista. ¡Qué tragedia! Después de redactar sus esquelas, escribí la mía propia.

la muerte te señala

El Estafador

escrito por María del Mar Saldaña

Al abrir el buzón observó el folio doblado, impoluto, perfectamente acomodado en el habitáculo, como si alguien lo hubiera dejado allí con sumo cuidado. Una vez desdobló el papel, leyó las palabras que le anunciaban un destino funesto y surrealista: «Tengo a su esposa, si quiere volver a verla, entrégueme al gato». Más abajo se detallaban las instrucciones que debía seguir para el rescate. Dudó unos minutos, sopesando todas las opciones, hasta que, en su desesperación, corrió hacia el callejón a atrapar un gato cualquiera que le hiciera cumplir con las expectativas del secuestrador.

Llegó al lugar señalado a la hora acordada. Estornudó. Mientras esperaba, no pudo evitar un cierto nerviosismo. Volvió a estornudar. ¿Y si el delincuente descubría que aquel animal no era suyo? Toda su vida había sido alérgico a los gatos. O peor aún… ¿Y si aquella mujer se percataba de que él no era su marido?

gato y mujer

Tres son Multitud

escrito por María del Mar Saldaña

He descubierto que yo no soy yo. O sea, que tengo dos yoes. Mi yo consciente y mi yo inconsciente. Que es lo mismo que decir mi yo bueno y mi yo malo. Desde que descubrí esta dualidad, soy testigo de las perpetuas discusiones de la mente, ya que mi yo perverso está todo el día recalcando todas mis imperfecciones mientras mi yo benévolo contraataca convenciéndome de lo estupendo y maravilloso que soy. Me gusta contemplar estas cuestiones desde la lejanía del observador. Disimulo y hago como que estoy ocupado fregando los platos o tendiendo una lavadora, para que no se percaten de que estoy ahí, curioseando lo que el uno al otro se dicen. Nunca se ponen de acuerdo. Hasta hoy, que me han pillado escondido tras el hipocampo y me han echado como a un pariente indeseado. ¡Qué desolación! Soy el tercer yo, desterrado de mi propia psique.

tres son multitud

Exhibicionista

escrito por María del Mar Saldaña

Fue sobre las siete de la mañana cuando, con parsimonia, el chucho comenzó a cruzar el paso de peatones deteniéndose en la mitad, tumbándose sobre sus patas, ocupando parte del carril izquierdo y parte del carril derecho. Ante este suceso los conductores frenaban sus vehículos, ninguno quería atropellar al can, y los peatones se detenían curiosos, intentando entre unos y otros convencer al animal para que se moviera, sin que nadie lo lograra.

―Mi perro cree que he muerto, no reconoce mi olor ―habló un extraño individuo entre la multitud―. Hace varios meses caí atropellado en este mismo lugar, tuve tantas lesiones que fue necesario trasplantarme varios miembros de otras personas, cadáveres, evidentemente. Aquí permanece el último rastro que tiene de mí, de ahí que se recueste esperando encontrarse conmigo.

Todos los presentes quedaron desconcertados.

―Solo existe una forma de llevármelo ―aseguró desabrochando su gabardina―. Aún conservo un órgano vital.

perro en paso de peatones

Finales Felices

escrito por María del Mar Saldaña

Esta mañana decidí poner el punto y final a la novela que llevo seis meses escribiendo. Reconozco que ha sido un poco precipitado, siendo la causa de este arrebato la trama, que se complicó demasiado y enredó la historia. En fin, que para que no se me fuera a más de trescientas páginas, resolví la tragedia en los últimos dos capítulos. El caso es que, al poner el punto que daba por consumada la obra, el personaje principal, con todo el descaro del mundo, se ha atrevido a colarse en mi procesador de textos para transcribir que no estaba de acuerdo en cómo había terminado la narración.

―¡¿Pero si es un final feliz?! ―le he apuntado contrariado.

Contestándome, el muy insolente, que los buenos escritores concluyen sus novelas con finales interesantes, no felices.

Así que me lo he cargado. En la ficción, claro. Desde entonces, no ha vuelto a escribirme.

escritora finales felices

La Espía

escrito por María del Mar Saldaña

Desde hacía varias semanas, a causa del hastío producido por el obligado confinamiento, se dedicaba a observar a la vecina de en frente con los prismáticos de caza de su marido. Al principio, su voyerismo se había concentrado en varias viviendas, personas cotidianas que la aburrían soberanamente, hasta que dio con ella, la vecina del cuarto izquierda. Se pasaba gran parte del día en la cocina, preparando suculentos platos gourmet. Su intención inicial era solo formativa, escribía lo que contemplaba para después practicarlo en sus fogones. Pero, poco a poco, su obsesión fue in crescendo, convirtiéndose en una espía culinaria implacable pues, desde que cocinaba aquellas recetas, su relación matrimonial había dado un giro de pasión incontrolada.

Una tarde, dos agentes llamaron a su puerta acusándola de espionaje. El flojo de su esposo la había delatado. Así que, en venganza por la traición, los invitó a pastel de cordero confitado.

la espia

Sálvese quien pueda

escrito por Juan Manuel Orberá
La noche arrancaba estrellada y una gran luna se difuminaba en el agua. El barco empezaba a hacer aguas y el hundimiento era inevitable.
El ruido era ensordecedor, la cubierta chirriaba, los pasajeros gritaban despavoridos mientras iban de un lado para otro. Los músicos seguían tocando.  
El capitán ordenó el desalojo de la nave. El suboficial le respondió gritando desde babor:
—¿Cómo? ¡No lo entiendo, capitán!
El capitán volvió a repetir la orden, con más fuerza.
—¡No le oigo, capitán! ¡Su bote salvavidas está demasiado lejos del barco! —vociferó, su subordinado.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, el capitán repitió:
—¡Las mujeres y los niños primero!
naufragio

Libertad de Expresión

escrito por María del Mar Saldaña

Hay dos épocas en la vida del ser humano donde uno puede decir lo que le venga en gana sin que los demás le tomen por loco: la infancia y la vejez.

Recuerdo que, de niño, cuando tenía ocho o nueve años, contaba a los chicos del parque que era un alienígena y, como si de un scalextric se tratara, todos se pegaban a mí para jugar.

En la adolescencia, quise hacer lo mismo con los jóvenes que se juntaban en la plazuela, pero me tomaron por un chiflado.

Más tarde, en la madurez, tuve que morderme la lengua y obviar este dato para que no pensaran que era un friqui de la ufología.

Es ahora, en la vejez, cuando estoy disfrutando de mi libertad de expresión. Puedo gritar a los cuatro vientos que soy un extraterrestre, mientras mi piel verdosa se eriza desenfrenadamente, sin que me miren con desaprobación.

libertad de expresión

Nictofobia

escrito por Juan Manuel Orberá

Despierta sumido en la más absoluta oscuridad. Es una negrura sucia y pegajosa. Abre los ojos tanto como puede. Nada.

Se levanta de la cama braceando en busca de algún punto de apoyo. No encuentra ninguno. No sabe dónde está y, sobre todo, por qué no hay luz.

Odia la oscuridad. No la soporta. La teme. Le angustia imaginar qué hay tras ella.

—¡La luz! ¡Que alguien encienda la luz!

Suena una voz amorfa y lejana detrás de él. Una corriente de aire helado pasa cerca y estremece su piel.

Escucha un fuerte ruido a sus espaldas y giro sobre sí mismo, aterrado.

—¡Cariño, tranquilo!

—Elena ¿Qué está pasando?

—Carlos, ¿no recuerdas nada? 

—¡Enciende la luz! Por favor…

Elena se queda mirándolo, atónita, mientras el Sol, que entra por la ventana, ilumina toda la habitación…

nictofobia

Rosas

escrito por María del Mar Saldaña

Fue quizás aquella noche cuando realizó la mejor interpretación de su vida.

Como buena actriz, esperó paciente en su camerino a que llegaran los ramos de flores de sus admiradores. Aunque ella solo esperaba uno. Indudablemente sería el más grande, hermoso y elegante de todos.

―¡Rosas para la señorita Velasco! ―gritó el mozo por quinta vez tras la puerta.

―¡Cógelas! ―ordenó con desdén a su hermana.

El ramo era ostentoso, tal como había imaginado. El dueño de tal magnificencia no era de su agrado, un hombre poco atractivo y algo mayor, pero su fortuna bien merecía el esfuerzo de ser correspondido.

―Lo ves, Pati ―presumió mientras leía la tarjeta―, es del señor Leone. ¡Para… Verónica Velasco con todo mi amor!

Un trabajo formidable el de cambiar sobre la marcha el nombre de Pati por el suyo propio. Fue espectacular, apenas se percibió el nerviosismo y la decepción en su voz.

rosas

Expectativas

escrito por María del Mar Saldaña

No hay nada peor en esta vida que tener expectativas. Se lo digo yo, que sé de lo que hablo.

Ayer mismo visité a mi psicólogo en compañía de mi amigo Rocko, pensando que podría ayudarle con su mal de amores. Nada más lejos de la realidad.

Le expliqué que Rocko había estado cortejando a Yiyi, pero que por su avanzada edad no logró darle lo que ella esperaba y, claro, al final lo dejó plantado por Cuqui, más joven y fornido que él. El caso es que, desde entonces, Rocko vive sumido en una fuerte depresión.

―¡Es indignante! ―dijo a los cinco minutos de comenzar la sesión.

―¡Eso mismo digo yo! ―grité irritado―. Cuqui, ¿qué nombre es ese para un macho?

Y, sin esperarlo, nos echó de la consulta como a dos perros sarnosos.

―No te preocupes, Rocko ―le susurré a mi pastor alemán―. Mañana pediremos cita al psicoanalista.

psicoanalista

Toc, toc, toc…

escrito por María del Mar Saldaña 

Todos palidecieron ante el abrupto sonido. Nunca antes un repiqueteo de nudillos sobre la madera había causado tanto estupor.

―¿Qué hacemos? ―preguntó uno de los asistentes―. ¿Abrimos?

Nadie contestó. Y ante el silencio incómodo, interrumpido de nuevo por la inocente onomatopeya, los presentes comenzaron a dirigir sus miradas hacia el doctor.

Toc, toc, toc…

―¡A mí no me miren! ―dijo molesto―. El infarto fue fulminante.

Tras aquella aseveración, se volvieron hacia el sacerdote.

Toc, toc, toc…

―Yo le di la extremaunción ―comentó algo inquieto.

Una vez confirmado el hecho eclesiástico, todos apuntaron sus pupilas hacia el señor del seguro de decesos.

Toc, toc, toc…

―Yo, de lo único que puedo dar fe ―se expresó algo nervioso mientras indagaba entre sus papeles―, es de que el seguro ha cubierto todos los gastos.

Y ante tales argumentos y evidencias, se decidió por unanimidad, sin más dilación ni distracción, continuar con el sepelio.

sepelio

Pantone

escrito por María del Mar Saldaña  

Doctor, estoy al borde de la locura. Vivo en un sinvivir desde que ayer por la mañana escuchara, sin pretenderlo, en la cafetería de mi barrio, una conversación que ha creado en mí una duda existencial.

Todo ocurrió cuando un cliente comentó a la camarera:

―Hoy tengo un día gris.

Y, por el gesto de su cara, intuí que tenía un día de mierda.

Aquello me dejó desconcertado, aunque lo peor estaba por llegar, la contestación de la chica:

―Pues yo lo tengo rosa.

Y su sonrisa deslumbrante me hizo pensar que su día era maravilloso.

Pero no contenta con aquella manifestación, añadió con sorna y señalando al último cliente de la barra:

―Aquel lo tiene morado.

Y por la forma en la que se mostraba, percibí la borrachera.

¿Doctor, cómo he podido vivir en este equilibrio emocional todos estos años? Sin días grises, ni rosas, ni morados… ¡Maldito daltonismo!

DOCTOR
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