En una ocasión noctambularia íbamos camino de una fiesta de cumpleaños, y en el tránsito nos topamos en la Plaza de la Catedral con Ridley Scott y su guardia pretoriana, siete u ocho, que cenaban en una mesa del hotel que hay allí. Oh, sorpresa. Regresamos rápido a la casa para agarrar de la biblioteca un precioso volumen sobre el rodaje de esa enorme obra maestra que es “Alien, el octavo pasajero”, con la ilusión de que el director nos lo autografiara. Lo hizo con esmerada caligrafía y mucha educación, a pesar de una pelma sentada a su derecha que se puso tiquismiquis, la muy gilipollas, y después de dar demasiadas gracias, seguimos a la borrachera, que era el fin último de aquella noche y mañana. Fueron los días (2014 d.C.) que Scott anduvo en Almería rodando “Exodus: Dioses y reyes”. Como es natural, si por arte de ensalmo hubiésemos tenido una revelación o profecía de la puta mierda que resultó ese espanto de película, en lugar de pedirle la firma, hubiésemos partido por el gollete una de las botellas del vino carísimo con el que acompañaba la carne de su cena, y le hubiésemos rebanado el pescuezo para que jamás volviera a ordenar un golpe de claqueta.

Nos contuvimos, sin embargo. Desde entonces y hasta la fecha, Ridley Scott ha rodado cinco largometrajes más, además de haber empleado sus poderes de producción en películas de otros y series de televisión, todo esto con desigual fortuna. Este pasado año, y por demora pandémica, ha estrenado dos títulos casi simultáneamente. El primero fue “El último duelo”, un folletín neometoo muy solvente en el empaque (esto no le falla nunca), sí, aunque pleno de momentos de absoluto ridículo, y luego salía Ben Affleck con el pelo oxigenado como un quinqui de extrarradio: ¿por qué?, no sé, pero fue así. Esta película se podría quemar sobre las ascuas de “Exodus”, pero entonces nos llamarían nazis, y estamos demasiado gordos para lo bien que le quedaba el uniforme a Adolf Eichmann, ese fan fatal de Moisés. El otro título es “La Casa Gucci”.

Bien. Lady Gaga es una cantante que actúa o lo intenta. La nominaron a un premio oscar: ¿por qué?, no sé, pero fue así. Aquí hace de Patrizia Reggiani, un personaje sobre el que pivota la acción de la película.

 
 
la casa gucci

 

Se trata de la hija de un transportista, inculta, malvada y advenediza. Ignoramos si la sacan fea adrede o sin intención, pero lo cierto es que, vestida de Gucci y todo, nos sigue pareciendo una chacha ladrona. Como a veces está bien y otras está fatal, hemos deducido finalmente que es una buenísima mala actriz. Patrizia es una burra que se deja aconsejar por una vidente de medio pelo que interpreta Salma Hayek. Son las consecuencias de que la pitón albina de “Abierto hasta el amanecer” no la estrangulase cuando se dio la ocasión. El lujoso reparto se completa con Al Pacino (que hace sus alpacinadas), Jeremy Irons (ídem en lo suyo), y Adam Driver. Con Adam Driver tenemos un problema irresuelto. Aquí nos ha gustado bastante, pero queremos besar a los diseñadores de su vestuario y maquillaje antes que a él, que nos intimida y desconcierta por su extendida mala fama de cascarrabias en los rodajes y ante la prensa especializada, y también por su puta introspección interpretativa. Y luego Jared Leto. Jared Leto es un actor que se consagró adelgazando hasta el límite para interpretar a un homosexual enfermo terminal de sida en “Dallas buyers club”. Su Paolo Gucci es un disparate sin límite que nos descoloca durante el visionado. Luego reflexionamos: en el fondo nos ha divertido mucho, y es la guinda de este disparate.

“La casa Gucci” dura 157 minutos. Tócate los cojones. Se podría haber contado lo mismo con una hora menos, pero este es el empeño que sobrepuja en el cine contemporáneo. A pesar de todo, dejamos pasar con un bien raspado este pútrido retrato familiar filmado con todo lujo de detalles y, creemos, desprejuicio, porque el fondo de este caldo es la base para un guiso de culebrón de toda la vida. Ridley Scott ha filmado dos folletines consecutivos. Este último está etiquetado como drama: ¿por qué?, no sé, pero le ha salido una comedia.

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto de Paka Romero

Antonio de la Trinidad Ruiz

Almería, 1972. Escritor desde chico, después de pasar un puñado de años dedicado a la prensa escrita, fundó junto a otros compañeros de la escena almeriense la compañía “Luna Roja Teatro”, labor en la que está actualmente inmerso. Apasionado del cine y sus sobrepujantes meandros televisivos, ocupa algunas de sus horas en comentar mediante la letra tanto los veteranos como los nuevos títulos que se incorporan a un catálogo universal e inabarcable.

 
 

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